La relación

Hace tiempo que nuestra relación no marchaba bien, a decir verdad, seis meses antes de la ruptura, se volvió tóxica e insoportable. Discutíamos hasta el cansancio por cualquier tontería, nuestras conversaciones eran silencios incómodos, el sexo era nulo, y las ganas de mandar todo a la mierda siempre estaban presentes.

Ella incumplía los acuerdos, mentía y me manipulaba con sus chantajes emocionales. Sus historias eran contradictorias, su comportamiento era inusual y sus celos injustificados llegaban de la nada. Era evidente que ocultaba algo.

Yo estaba confundido, no sabía qué hacer, ni qué decir, ni qué pensar. Intenté dialogar en múltiples ocasiones, sin éxito. Ella saboteaba el intento de conversación con cualquier tontería sin sentido y se ponía a la defensiva. Se quedaba mirando la nada sin decir una palabra, como si yo no existiese, como si su novio no estuviese ahí haciendo su mejor esfuerzo para resolver una situación que ni él mismo entendía.

Cada intento de llegar a una solución terminaba con un berrinche o con sus agrias palabras que me echaban la culpa de todo lo que nos estaba ocurriendo. Siempre encontraba un motivo, sin importar lo exagerado y estúpido que fuera, que provocaba que nos dejaramos de hablar por tres, cuatro o cinco días.

Mi desgaste emocional llegó a un punto en que, comencé a evitar esas conversaciones unilaterales porque asumí que yo siempre iba a tener la culpa. También pedía perdón por todo, sin importar si ella era quien metía la pata la mayoría de las veces. 

¿Cuántas veces vas a cometer los mismos errores que te impiden volver con tu ex?

No puedes esperar resultados diferentes si continúas haciendo lo mismo… lo mismo que el 97.3% de las personas que no logran recuperar a su ex porque no conocen las estrategias correctas.

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Sentí que perdí mi identidad, mi esencia, mi valor. Para mi era injusto asumir la culpa por ella, era injusto sentir que me engañaba y no tener el derecho a tocar el tema, era injusto no recibir explicaciones.

Su comportamiento me enloquecía. No quería estar conmigo, pero se enojaba cuando hacía planes con mis amigos o salía a jugar baloncesto. Inventaba situaciones inexistentes de celos, y como siempre, hacía hasta lo imposible para tergiversar mis palabras y provocar que nos dejaramos de hablar por varios días.

Estaba atrapado en un callejón sin salida. Miraba las paredes desesperadamente buscando por donde trepar. Quería huir, quería salir de ahí. Con el tiempo me di cuenta de que la única salida era la entrada, si de verdad quería escapar tenía que terminar la relación.

¡Un trago amargo mezclado con realidad!

Mi yo interior quería terminar con ella, pero mi ego, en combinación con el desgaste emocional, me impedían hacerlo. Siempre procrastiné la decisión con excusas baratas: “Ella no sobrevivirá en la ciudad capital sola, es muy inocente”, “No podrá enfrentar la vida sin mi”, “Si yo cambio todo mejorará”, “Tal vez su comportamiento está justificado”, “Quizá estoy exagerando con esta decisión”.

No voy a negar que también pensé en su vida sin mi: “Si la dejo encontrará alguien mejor que yo”, “Si la dejo descubrirá la vida sin mi y no le haré falta”, “¿Y si después no encuentro a nadie?”

Y así saboteé la decisión durante meses, pero las ganas nunca me faltaron. 

Un martes de Junio del 2019, la cité a un lugar cerca de una playa pública que hay en la ciudad. Comencé explicando que unas investigaciones que hice durante el fin de semana me hicieron entender que ella tenía razón. Le dije que esos videos cambiaron mi forma de ver las relaciones de pareja y que de ahora en adelante yo sería alguien diferente. Afirmé que la relación iba a estar mejor que nunca.

Es cierto que la información que aprendí cambió mi perspectiva de las relaciones de pareja. Aun así, sentía que me traicionaba a mi mismo porque no sentía que seguir juntos valiera la pena. 

Para mi sorpresa, su respuesta fue un agradecimiento por todo lo que hice por ella durante nuestros casi cuatro años de relación, pero que hemos llegado a un punto insostenible y que teníamos que terminar. Un golpe directo al ego. 

Contradiciendo los deseos de mi yo interior, le supliqué una última oportunidad para demostrar que cambié. Luego de múltiples pisotones a mi dignidad, aceptó a duras penas continuar conmigo. Destruí lo poco que quedaba de mi.

Unos días después descubrí que estaba enganchada con otro hombre, sospecho que ella hizo lo posible para que yo la descubriera. Se justificaba mientras que a mi casi me daba un infarto, literalmente. Sentirme traicionado por alguien que supuestamente me amaba es una sensación dolorosa que apuñalaba mi pecho.

En lugar de mandarla a la mierda y recuperar un poco de dignidad, al siguiente día nos fuimos de viaje hacia una playa famosa del nordeste del país. Durante el trayecto en el autobús la noté pensativa y distante. Sé que un torbellino de emociones atravesaba su cabeza. No era que me amaba, sino que yo era un buen partido, y ella sentía culpa porque hacer lo que le dictaba su corazón me hacía sufrir. Supongo que no sabía cómo salir de la relación sin sentirse mal por destruir la relación con una infidelidad.

En la playa le regalé una cadena que significaba que íbamos a dejar el pasado atrás y que yo perdonaba todo lo que había hecho. A duras penas dijo que aceptaba, pero su lenguaje corporal decía todo lo contrario. Yo notaba su rechazo, pero ignoraba las señales para no lidiar con el dolor.

Al otro día hice una estupidez que hizo enojar a su amante. Ella se enojó conmigo y descaradamente me reprochó la acción. Ya no podía perder más dignidad porque no tenía, así que le pedí perdón y seguí valiendo mierda.

El lunes por la mañana se despidió de mí con una mirada que relataba lo que iba a suceder ese día.

Ruptura

Yo estaba en mi trabajo deseando que mis sospechas no se hicieran realidad. “Tenemos que hablar”, me escribió por whatsapp, crónica de una muerte anunciada. Con dolor le pedí que esperara hasta el final de la tarde porque no quería llorar en la oficina. Me dijo que no, supongo que le costaba deshacerse de mí en persona. 

“Ya no te amo”, espetó. “Siento que eres lo peor que me ha pasado en la vida. Me aseguraré de encontrar alguien que no me haga sufrir tanto como tú lo hiciste”, me dijo mi ex convertida en monstruo y el desahogo continuó por más tiempo. Yo me quería morir, era una sensación terrible que no puedo describir con palabras. Había reemplazado mi ser con ella, y en ese momento no sabía cómo llenar el vacío que dejaba, me sentía destruido.

Supliqué, supliqué y supliqué para que no me abandonara. Que mi vida no tendría sentido sin ella, que me volvería un ser inerte, que prefería morirme antes que quedarme solo… Y así continué por largo rato, sin éxito.

Lloré como un recién nacido, no me salían las palabras, y no sabía qué más podía hacer. Mi amiga me abrazó y consoló durante el tiempo que hizo falta, pero nada aliviaba mi dolor. 

Me rendí, apagué el celular y boté el chip, cerré mis redes sociales, mi jefa cambió mi número de flota y desaparecí de todos lados. No sabía por qué lo hacía, pero sentí que lo necesitaba.

Llamé a mi familia y conté todo.

Me pasé la jornada completa escondido debajo de una mesa del almacén, llorando, llorando y llorando, destruido.

Cuando salí de mi trabajo no sabía qué hacer con mi vida después de terminar la relación. No quería lidiar con la soledad que había en mi casa y me daba miedo que ella se apareciera a cortar conmigo en persona. Tampoco tenía amigos a quienes acudir porque los abandoné durante los años de gloria de la relación, así que me quedé deambulando toda la noche en la calle, sin rumbo, desorientado, sin ganas de nada, herido.

Duré tres días tomando pastillas para poder dormir. Me despertaba en las madrugadas pensando en ella. No tenía apetito y no me apetecía hacer nada por mí.

Mi rutina se convirtió en ir al trabajo, hablar todo el día de la ruptura y volver a casa. 

Era el director creativo de la empresa. Recuerdo que mi jefa me dijo “esta situación ha sido un antes y un después para ti”, haciendo énfasis a que mi rendimiento había caído por el suelo. Supongo que no me despidió porque entendía lo que me pasaba.

Me sentía peor porque no podía evitar sentirme mal. Trataba de hacer algo productivo y no podía. Intentaba distraer mis pensamientos en múltiples ocasiones, y tampoco podía.

No sé, al parecer me acostumbré mucho a caminar por la vida agarrado de su mano, y cuando me soltó no supe cómo hacerlo solo. 

Post Ruptura

Leí todo lo que pude para entender a mi ex novia y qué podía hacer para recuperarla. Gracias a ese nuevo conocimiento comprendí su comportamiento, antes, durante y después de la ruptura. Aunque me seguía doliendo perderla, al menos tenía respuestas a alguna de las preguntas que me hacía.

Apliqué el contacto cero y estaba preparado para sus tanteos.

A pesar de que yo conocía las reglas y el método que tenía que seguir al pie de la letra para maximizar las probabilidades de recuperar a mi ex, decidí hacer lo que me dió la gana. Esos errores me pasaron factura cuando volvimos cuatro semanas después.

El primer error fue buscar alianza con sus amigas. Ideamos planes dignos de hollywood para hacerle entender a mi ex novia que yo era el hombre de su vida. La estrategia iba desde informarle que yo estaba feliz con otras chicas en la disco, hasta meterle en la cabeza que su vida no sería la misma sin mi.

Obviamente, los planes fracasaron. La primera, después de que me sacó toda la información del plan, me dijo que tenía cosas más importantes que hacer con su vida. La segunda me pasaba información sobre mi ex que me hacía daño, como por ejemplo, que ella se iba a mudar dentro de poco tiempo o que estuvo por ahí conociendo personas.

Ambas publicaron fotografías con mi ex en sus estados de Whatsapp. Una fue en el baño de una discoteca y la otra fue en la piscina de un club privado. Creo que no hace falta que diga cómo me sentí cuando vi las fotos. 

Al menos me di cuenta de su maldad y las eliminé.

Mi segundo error fue aliarme con un amigo en común que era como un hermano para ambos. Era el indicado porque ella no tenía motivos para pensar que él era mi aliado, y yo sabía que no me traicionaría. Me anticipaba a todos los pasos que iba a dar mi ex: supe que día se iba a presentar en mi trabajo, sabía cada vez que iba a la discoteca y también cuándo me iba a pedir que regresaramos. 

Dediqué mi tiempo a estar pendiente a las informaciones de nuestro amigo en común. No me concentraba en el trabajo, jugaba baloncesto con el celular en las manos, hartaba a las personas analizando los pasos de mi ex, y descuidé mi apariencia y alimentación porque no quería perderme ninguna primicia. A veces mi amigo desaparecía por horas y yo me quedaba esperando hasta verlo en línea para preguntarle qué había de nuevo. No exagero.

El tercer error fue volver con ella. Primero porque aún estaba herido, y segundo, porque acepté antes de ser el momento correcto. Te hablaré de esto más abajo.

A primera vista parecía una ventaja decisiva llevarle un paso por delante a mi ex novia, porque me hacía sentir que yo tenía el control de la situación. Eso puede ser cierto, el inconveniente es que por estar pendiente a ella, olvidé enfocarme en sanar mis heridas, y sufrí las consecuencias cuando regresé con ella.

Tanteos

Recibí muchos tanteos de mi ex durante las cuatro semanas de separación. Desde un “tenemos que hablar” hasta “estoy arrepentida de lo que hice, ya sabes cómo soy”. 

Fui fuerte. Resistí la desesperación que sentía por responder sus emails. Tenía ganas de decirle que deseaba volver con ella, pero me mantuve fiel al método para lidiar con los tanteos.

Aquí te pongo algunas capturas de pantalla de los testeos que mi ex novia hizo por email, la única vía de comunicación digital que tenía conmigo, la cual debí bloquear, por cierto.

Mi ex novia me tantea por gmail alegando que la separación fue difícil

Mi ex pareja me pide que hablemos por email

Mi ex novia me pide que le responda sus tanteos

Entre otros tanteos no registrados se encuentran:

  • A los siete días de la ruptura se presentó en mi trabajo al final de la jornada. Cuando salí me dijo que sólo quería que le devolviera la ropa que dejó en mi casa. Con buen criterio le dije que no era un buen momento y me alejé de ella. Me persiguió insistiendo que era importante que la devolviera, volví a alejarme con respeto. Volvió a perseguirme para hablar de otros asuntos personales, y volví a marcharme. A los pocos días le envié todas sus pertenencias por delivery.
  • Varias veces me mandó mensajes a través de mi hermana y mi hermano. Corté esa vía de comunicación pidiendo que no me comunicaran nada sobre ella.
  • Le preguntó a varios de mis ex amigos por mi número de celular, por suerte me adelanté a ese movimiento pidiendo que alegaran ignorancia.

Cada uno de esos tanteos aliviaba mi dolor por pequeños momentos porque me daban esperanzas. Luego, una tormenta de dudas y desilusión marchitaba mi alma. Los bajones emocionales me dejaban sin ánimo.

Puedo afirmar que lo mejor que te puede pasar es que nunca recibas un tanteo de tu ex pareja, porque a fin de cuentas no significan nada relevante y solo sirven para destruir tu proceso de recuperación.

Si lo piensas un poco, aunque moría por recuperarla, me las arreglé para que ella creyera que yo había decidido olvidarla. Este error común impidió que la superara y me recuperara, y como consecuencia, arruiné la reconciliación. Hablo con detalle sobre esto en las reglas de oro del contacto cero.

Recibí un tanteo maldito. Creo que caí en su trampa por el miedo a no tener una oportunidad igual. Nota que el email tiene palabras que hacen referencia al arrepentimiento y a regresar conmigo, pero no lo dice literalmente, sino que se las ingenia para hacerme creer que sí lo hace.

Mi ex novia me tanteó diciendo que quiere regresar conmigo

Te parecerá increíble, pero no debí responder el tanteo y tampoco aceptar verla en persona. Las consecuencias fueron evidentes.

Primer encuentro

A los dos días de recibir el mensaje, le dije la fecha, el lugar y la hora de nuestro encuentro. 

Mi primera respuesta a sus testeos

Me envió mensajes llenos de entusiasmo porque fue la primera vez que le respondí después de tantos tanteos. 

cuatro tanteos de mi ex respondiendo mi mensaje

Ella llegó una hora y veinte minutos después de lo acordado. En ese lapso recibí dos correos electrónicos con sus excusas, intentando disfrazar su intención de llegar tarde a propósito. 

Mi ex pone una excusa para llegar tarde a nuestro primer encuentro

Esperé sentado como un idiota sin dignidad. 

Cuando llegó nos fuimos a un lugar menos concurrido. Desde el inicio noté que su intención era comprobar si yo seguía interesado en ella. Por suerte yo estaba preparado para lidiar con la situación, me mantuve firme y evité dar alguna señal que revelara mi posición.

Me provocó con palabras de amor y con buenos recuerdos de nuestro pasado. Luego intentó seducirme con contacto físico. Como su estrategia no funcionaba, comenzó a hablar de aquellas cuestiones que le impedían regresar conmigo: conflictos con mi familia, que aún seguía dolida, que sus amigas me despreciaban, etc.

Le pedí que me dijera si eso era todo lo que iba a decir porque me tenía que marchar, con frialdad respondió que sí e hizo silencio. Entré en pánico interno y la invité a tomar algunas cervezas. ¡Error imperdonable!

La estábamos pasando bien, y entre otras cosas, me pidió varias veces que volviera con ella. Prometió que todo sería diferente, que no me volvería a fallar, que lo decía muy en serio y que me amaba. La última vez que lo pidió le dije que lo pensaría bien y que le daría una respuesta la semana entrante. 

Los tragos me hicieron bajar la guardia. Hice y dije cosas que, sutilmente, le confirmaron que aún seguía interesado en ella. Inmediatamente se transformó en un ser frío y distante, como si alguien hubiera presionado el botón de apagado. Dejó de seducirme y de decir cosas lindas. Evitaba el contacto físico y no me perseguía con su mirada.

Aunque esa noche terminamos en la cama, algo en mi interior sabía que mis esperanzas de recuperarla habían desaparecido. 

Primera Reconciliación

Me pareció raro que mi espía amigo en común dejó de pasarme información después de esa noche. Evadía mis insistencias e ignoraba mis explicaciones. Entré en pánico, y apenas dos días después, le dije a mi ex que ya tenía la respuesta.

Le respondí a mi ex novia

Como era de esperarse, ya no era la misma chica llena de entusiasmo, sino alguien fría e indiferente.

Mi ex me responde los tanteos con indiferencia

Toda la semana fue una tortura para mi.

Mi ex ya no quería saber de mi

Llegó media hora tarde al segundo encuentro, en realidad creí que me iba a dejar plantado.

Segunda excusa de mi ex novia para llegar tarde a nuestra cita

La diferencia en su actitud era notoria, en comparación con el primer día..

Volvimos a ser novios a duras penas. Pensé que sería un momento mágico, lleno de besos y abrazos en cámara lenta, pero no hubo chispa ni entusiasmo, fue como si firmamos un contrato que nos obligaba a estar juntos.

Al día siguiente (sábado) nos fuimos temprano de viaje para otra playa del nordeste del país y regresamos el domingo. De manera resumida, ella estuvo callada casi todo el tiempo, distante, evitaba el contacto físico y el sexo fue nulo.

De regreso, se mantuvo callada y enojada por una estupidez, durante las cuatro horas y media de viaje en el autobús. ¿Te lo imaginas?

Yo estaba decepcionado, pero me aferraba a ella porque no quería volver a sufrir con la soledad. ¡Me aterraba!

Nuestros días de noviazgo

Mis días a su lado fueron sufrimiento y pérdida de la poca dignidad que me quedaba. 

Trataré de resumirlos:

  • El lunes después del viaje me dijo que no podía ir a su casa cuando yo quisiera y que no podía ir a su trabajo sin avisar.
  • Otro día dijo que se acostumbró tanto a estar sola que no se veía dedicándome tiempo entre semana.
  • Le desagradaba y se enojaba cuando mi familia me visitaba en mi casa.
  • Era imposible solucionar los problemas. Callaba durante largo tiempo mirando hacia la pared, se ponía a la defensiva y a veces me dejaba hablando solo.
  • No había cariño, contacto físico, besos o relaciones sexuales.
  • La mayor parte del tiempo eran enojos sin sentido, como si ella se esforzaba por sabotear la relación.
  • Un día la llamé por whatsapp y apareció el aviso “está en otra llamada”, cuando le pregunté personalmente, negó que eso fuera cierto.
  • Justificó su frialdad alegando que ella cambió durante el mes que estuvimos separados y que así serían las cosas a partir de ahora.
  • Cuando sucedía algo externo a mí y fuera de mi control, amenazaba con terminar la relación.
  • Una vez me dijo que soy un “hijo de mi maldita madre”, porque me quedé en mi casa cuidando a mi hermana menor porque tenía fiebre.
  • Se negaba a presentarme oficialmente ante sus amistades.

La verdad es que no recuerdo bien todas las acciones concretas, pero sí cómo me hicieron sentir.

Recuerdo que descubrí que continuaba hablando a mis espaldas con el mismo chico con quien me fue infiel. Lo negó varias veces hasta que confesó que estaba enamorada de él, “que sentía por él lo mismo que sintió por mí cuando se enamoró de mí la primera vez”. Auch!

Aun así, como no tenía dignidad, le ofrecí perdonarla y dejar todo atrás. Con mucho pesar ella aceptó. Luego descubrí que seguía en lo mismo y la bloquee de todas las redes sociales para olvidarme de ella. Al poco tiempo fue a mi casa suplicandome otra oportunidad, y como ya habrás adivinado, acepté.

Al poco tiempo llevé casi todas mis pertenencias para su casa. Teníamos el plan de mudarnos juntos y supuestamente ella estaba entusiasmada con la idea. Puedo confesar que yo me sentía mal porque algo en mí me decía que no era lo correcto, pero mi otro yo me obligaba a hacerlo.

La convivencia juntos fue más de lo mismo. Sexo nulo, conflictos, acciones sospechosas de su parte, distancia, silencio y desinterés. Era de esperarse, ¿Por qué debía ser distinto?

Para no alargar mucho este capítulo, te diré que después de aproximadamente dos meses, terminamos definitivamente a finales de septiembre del 2019. Un día ella recibió una llamada y salió de la habitación, cuando regresó me dijo “que raro que papi me llame a esta hora”. Casi una hora después, agarré su teléfono móvil y me di cuenta que había borrado la llamada que recibió (juro que lo agarré para otra cosa).

Inventó mil historias cuando la confronté. No sé qué ocurrió conmigo, pero me negué a creerle y terminé con ella. Saqué todas mis cosas y regresé a mi casa. No volví a saber de ella durante cuatro meses, excepto por algunos testeos que recibí.

Mi vida después de la ruptura

Desde el primer momento acepté que habíamos terminado para siempre. Esa decisión cambió por completo mi manera de enfrentar la situación. Me convencí de que ya no me interesaba recuperarla y que me enfocaría en recuperarme. Decidí rehacer mi vida sin ella. Sabía que al principio sería cuesta arriba, pero también sabía que, cuando llegara a la cima, disfrutaría de las mejores vistas que una persona puede experimentar en su vida.

Desde antes de regresar con mi ex, yo conocía el método para recuperarme y para recuperarla. Sabía lo que debía a hacer y lo que no, pero la parte mental es la cuestión más complicada de superar, y también es la que nos impide dejar el pasado atrás y mirar hacia el futuro. 

Las reglas del juego fueron diferentes, porque combiné los conocimientos que tenía para recuperarme, con la mentalidad superada, es decir, con la aceptación de seguir hacia adelante solo.

El contraste entre la primera ruptura y la segunda (esta), es del cielo a la tierra.

Al principio fue duro, creo que duré dos semanas refugiado en mi casa. Apenas salía a trabajar y a comprar comida cuando no tenía ganas de cocinar. Creo que duré ese mismo tiempo sin salir a jugar baloncesto.

No le conté nada a nadie. Mi familia se dio cuenta como a los tres meses porque sacaron sus propias conclusiones. Mis amigos y amigas se fueron enterando poco a poco. La verdad es que hablar del tema no tenía importancia, evitaba hablar de él cuando me preguntaban, incluso si insistían.

No recuerdo la cantidad de tiempo, pero llegó un día mágico donde comencé a sentirme libre. De repente me estaba reuniendo con antiguas amistades a jugar poker, ajedrez, baloncesto o a tomarnos algunos tragos. Otro día salíamos para una villa en las afueras de la ciudad o visitabamos la casa de algún colega.

Mis amigos y amigas venían a mi casa a hacerme compañía o me invitaban a la suya. Los compañeros del baloncesto me llevaban con ellos a las celebraciones después del partido.

¡Era mágico!, parecía que mi agenda siempre estaba llena. Me pregunto si antes no tuve la oportunidad de tener todas esas actividades o si yo me negaba a verlas solo por estar siempre cerca de mi novia (ex).

Sin darme cuenta ya estaba ligando chicas hermosas por tinder. Básicamente, tener encuentros casuales era nuevo para mi, y era increíble. Algunas daban buena conversación y pasábamos ratos increíbles. Otras chicas también eran buenas en otros asuntos.

También hice nuevas amistades, de ambos géneros.

El cúmulo de situaciones positivas elevaron mi autoestima y reafirmaron mi decisión de continuar construyendo mi nueva vida.

Con el tiempo conocí una chica que me hizo sentir especial. Le gustaba pasar tiempo charlando conmigo, se las arreglaba para seducirme con su mirada, gestos y contacto físico. Inventaba actividades para salir conmigo y no tenía reparos en mostrar su interés. Debo admitir que pasar ratos con ella era genial. 

Ambos acordamos no involucrar los sentimientos. Yo tenía claro que no me convenía tener una nueva relación por el momento. Aunque mi vida marchaba de lujo, necesitaba seguir desintoxicando y reconstruyendo mi ser. 

Todo fue viento en popa, y así es hasta el día de hoy.

Un pequeño detalle le dio un nuevo giro a la historia. A mediados de diciembre, la chica confesó que tenía novio. Según ella, yo era importante para su vida y no quería que nuestra relación se afectara por ocultar esa información. Continuamos en contacto y saliendo de vez en cuando, pero me rehusé a tener encuentros carnales con ella, no quería ser hipócrita (acostarme con una chica comprometida porque yo lo sufrí en carne propia).

Parece que esa especie de ruptura despertó algún recuerdo del pasado y comencé a pensar en mi ex. Tuve bajones emocionales, bucles de pensamientos por unos días y no tenía ganas de salir. 

Por suerte sabía lo que tenía que hacer. Volví al refugio hasta que me sentí mejor y continué mi vida con normalidad.

Quiero aclarar que no se trata de tener la agenda llena para escapar de la soledad, sino de sentirte cómodo con ella. Se trata de rellenar con tu ser, el espacio que dejó tu ex cuando se fue. No serviría de nada que yo ligara y saliera por ahí con el propósito de no lidiar con el dolor de la ruptura, sólo ganaría retrasar mi recuperación, y eso es algo negativo.

Nota también que primero me enfoqué en sanar mis heridas y después comencé a reconstruir mi vida.

Segunda Reconciliación

A principios de enero tuve ganas de acostarme con mi ex. La llamé sin miedo y llegó a mi casa una hora después. Yo estaba recuperado 100% y su cambio era notorio. No sentí esa lucha de egos como aquella vez cuando nos vimos para reconciliarnos. Charlamos durante largo tiempo y fue una noche refrescante.

Días después ella me llamó con las mismas intenciones y fui a su casa. Volvimos a hablar hasta quedarnos dormidos. Y más o menos así fueron los días siguientes: buenas charlas, buen sexo y buenos momentos.

Así poco a poco, y sin planearlo (en serio lo digo), nos fuimos involucrando hasta que decidimos volver a intentarlo. Hoy, Septiembre 2020, mientras escribo este artículo, estoy sentado en el balcón del nuevo departamento que alquilamos. Vivimos juntos y todo marcha viento en popa. 

La relación no es tóxica. No tengo que bloquear a mis amigas, puedo salir con ellas, llamarlas y tener una amistad sana. Resolvemos los conflictos con buena comunicación. Hacemos actividades que nos gustan y también respetamos el espacio y la libertad del otro. Ambos colaboramos e intercambiamos las tareas del hogar.

Puedo decir que me siento amado. 

¿Que todo marche bien significa que será así para siempre?, pues no. Significa que disfrutaré la relación mientras me sienta genial y cuando lleguen los problemas me preocuparé por ellos.

Tengo una mentalidad diferente. Ahora estoy con ella porque así lo siento y lo decido, no por temor a perderla y a estar solo. Esa vida ya no me aterra, sé cómo lidiar con ella.

Mi conclusión de esta historia es que si no te das el valor que mereces, no puedes esperar que alguien te valore como quieres. La verdad es que aprendí la lección: jamás volveré a tirar por el suelo mi dignidad y lo que valgo. Tengo principios y valores que no son negociables y deben ser respetados siempre. Te aconsejo que hagas lo mismo. Tu vales mucho. ¡Ánimos!